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Archivo para Abril 2009
¿Aún duermo?
29. Abril 2009 por admin.
El sueño del que hablaré a continuación lo tube hace algunos meses, pero fue tan impactante que lo recuerdo como si fuese ayer.
Me encontraba en casa de mis padres (llevo cinco años emancipado), una noche cualquiera, acostado en su cama a punto de dormir. Mis progenitores estaban en el salón viendo la televisión y comiendo algo parecido a pipas. Yo estaba despierto pero con signos visibles de cansancio, cuando comienzo a oir un ligero ruido como de cascabeles. El sonido parecía acercarse por el pasillo lentamente. La puerta de la habitación estaba totalmente abierta y se colaba por ella el resplandor azulado que producía el televisor. De repente el ruido remite, y veo una sombra de algo con forma de persona diminuta, unos 70 centímetros, con una especie de gorro de bufón acabado en puntas decoradas con cascabeles. Comienza a asomarse muy lentamente y vuelve atrás, a los pocos segundos repite la operación y se vuelve a esconder. Así hasta cinco veces. Yo le observo desde mi posición tapado hasta el cuello y con un nerviosismo terrible. Cuando parece que va a volver a repetir de nuevo esa especie de juego, me sorprende dejándose ver completamente. Lo que pude contemplar me horrorizó y paralizó. Aquel ser era nada más y nada menos que el duende malvado de la película “Los ojos del gato” de 1985. Quién la haya visto lo recordará, para el que no aquí se lo muestro:

Ese pequeño monstruito cuchillo en mano, más grande en mi sueño que en la película, hizo las delicias en ciertos momentos de mi niñez y ahora volvía a mis sueños para asegurarse de no ser olvidado.
Ahí estaba esa cosa, en la puerta de la habitación mirándome. Yo le observaba aterrado aunque no más que cuando estalló en una carrera hacia mí, saltando sobre la cama y colocando su feo rostro a cinco centímetros del mío. En ese momento me desperté, en mi casa, acostado en la cama, al ladito de mi mujer, estaba seguro aunque el corazón aún me palpitaba con fuerza. Me relajaba para seguir durmiendo cuando por el hueco de la escalera que lleva a mi cuarto comencé a oír un sonido de cascabeles acercándose. La palabra no es asustado, ni horrorizado, ni siquiera imposible, aún sigo buscando el término que pueda definir lo que sentía. Creo que el corazón se me paró unos segundos cuando vi aparecer por la puerta al horrendo duendecillo, con su boca verde plagada de afilados dientes y sus manos de cuatro dedos. Los ojos se me salían de las órbitas, no lo podía creer, mi pesadilla se había materializado. Hubiera gritado, pero no podía, no me salía el aire. Sin previo aviso salió corriendo y saltando sobre la cama se colocó frente a mi cara, mirándome fijamente. En ese instante me desperté, esta vez de verdad, aunque eso lo se ahora, en aquel momento estaba desorientado. Fue una sensación muy extraña, no saber si seguía dormido o ya estaba despierto. Estuve unos momentos en aquel estado de confusión. Siempre mirando hacia la puerta, quizás esperando oír el sonido de pequeños cascabeles.
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Anuncio prohibido de Nike
27. Abril 2009 por admin.
Muy bueno el anuncio. Aunque te esperas como va a acabar, es divertido verlo. Si es cierto que fue prohibido no entiendo por qué. Hay otro tipo de cosas en televisión que atentan contra la salud mental del espectador y no se hace nada. Por ejemplo los programas del corazón y derivados.
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Sin brazo ni oreja
23. Abril 2009 por admin.
Anoche tube un sueño extrañísimo y horrible que me dejó con cara de póker, más por lo que pasó cuando desperté que por el sueño en si. Supongo que será algo habitual y que el cerebro funciona así, pero no deja de ser curioso.
Estaba en un pueblo que, aparentemente, no conocía, lleno de edifidios de color blanco sucio, altos, plagados de ángulos y líneas rectas. Iba caminando por él con un par de amigos y una amiga cuando de pronto comienzo a notar un dolor bastante fuerte en el brazo derecho. Empieza en el hombro y desciende hasta la mano. Cada vez se hace más intenso, hasta el punto de no poder moverlo en absoluto. Todo esto sucede mientras huimos de alguien, no se bien de quien. Corremos entre los edificios y sigo quejándome del fuerte dolor. Pasado un rato empiezo a no tener ningún control sobre él, y se comienza a desprender por el hombro hasta que se me cae. Pierdo el brazo. Immediatamente después me sucede lo mismo con la oreja derecha. Me dolía tanto que no podía ni pensar, hasta que se me cae también. Pués ahí estaba yo sin brazo, sin oreja y huyendo, claro. Poco después me he despertado un poco alterado y cual es mi sorpresa al darme cuenta de la postura en la que estaba durmiendo. Sobre el lado derecho con la cabeza aplastando la oreja que estaba doblada hacia delante sobre el brazo derecho, que a su vez estaba hiper-extendido hacia arriba. Todo el grupo, oreja y brazo, totalmente dormidos (la oreja más que dormida estaba dolorida). Por lo visto mi cerebro trasladó esta realidad al sueño dándole algunos toques dramáticos, básicamente hizo una adaptación.
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Deportes
23. Abril 2009 por admin.
Me encanta este vídeo, además de por las imágenes por el montaje de audio
que es genial. Me quedo con el fragmento del mordisco de un futbolista a otro. Muy bueno.
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La metamorfosis de Miguel
22. Abril 2009 por admin.
Sin saber como, Miguel había logrado posicionarse en un buen lugar dentro de la empresa en la que trabajaba. Cobraba un buen sueldo. Vivía en una casa que rozaba el lujo, conducía un coche de gama alta y disfrutaba de una mujer y dos hijas que le adoraban. Por si esto fuera poco, gozaba de buena salud y buena reputación entre sus conocidos.
-¡Buenos días!- exclamó Rebeca, la esposa de Miguel, mientras preparaba un par de tazas de café.
-Buenos días- contestó Miguel.
-¿Vas a salir con la bici?
-Si, pero poco rato. Estoy un poco cansado- explicó Miguel cogiendo la taza que le ofrecía su mujer- Gracias.
-Muy bien. Yo iré al súper a hacer algo de compra.
-Supongo que cuando vuelvas ya estaré aquí.
-Perfecto, así me ayudas a hacer la comida-comentó Rebeca con el gesto risueño.
-Claro.
Después de comer, terminar el postre y la corta sobremesa, Miguel se levantó de la mesa y anunció que se iba a la cama un rato. Rebeca le miró extrañada ya que nunca hacía la siesta, ni siquiera en fin de semana, como era el caso. Sus hijas no le dieron mayor importancia, siguieron con lo suyo que era discutir sobre algún tema tribial.
-¿Te encuentras bien?- preguntó Rebeca con cara de atención.
-Si, si, solo estoy cansado.
El despertador sonó insistentemente a las siete y media de la mañana, era hora de levantarse. Comenzaba la semana y el cielo amenazaba con descargar litros de agua sobre la ciudad. Miguel se incorporaba lento y pesado, con pequeños gemidos y crujidos articulares. Normalmente no le costaba demasiado realizar aquella acción, pero desde hacía unos días se había convertido en su pequeña odisea diaria.
Después de desayunar, sin dirigir una palabra a su mujer, acudió al trabajo con cierta actitud de resignación. No sabía porque pero estaba bajo de energía y motivación, y lo peor de todo es que así lo aceptaba. Se miraba así mismo y recordaba a aquel hombre deportista, emprendedor y pasional que fue. Pero eso solo era un recuerdo, la realidad es que cada vez tenía menos ganas de hacer deporte, la pasividad era su filosofía y no existía quien le hiciese levantar de su sillón para ir a alguna parte en busca de experiencias y diversión. Quizás era por la comodidad del hogar y la familia, por la edad, por la tranquilidad y relajación que nos da la seguridad o por simple pereza, pero la realidad es que se estaba convirtiendo en uno más.
Una semana más tarde el dolor de espalda que le azotaba desde hacía unos días se agudizaba en extremo. Miguel había acudido a la consulta médica, donde recibió la incapacidad temporal por pinzamiento lumbar. A eso debía añadir la contractura cervical que sufría desde el día anterior y el atrofiamiento que sentía en las piernas. El doctor le recomendó una serie de suaves ejercicios para recuperar la motricidad normal, pero él prefería no correr riesgos y descansar todo lo posible.
Días más tarde la situación se tornaba más complicada, le costaba horrores levantarse y mucho más andar. Rebeca le animaba a seguir los consejos del médico, ya que la mayor parte de su dolencia era psicológica. La atrofia no era debida a ninguna enfermedad ni lesión grave, pero Miguel solo sabía responder con evasivas y expresiones mal sonantes.
A los pocos días no podía prácticamente levantarse del sillón, e incluso creía ver visiones cuando mirándose la mano derecha, observó como si la textura de su piel cambiara a algo más artificial, y como si afloraran unas pequeñas manchas de colores a lo largo de sus dedos. Parpadeó insistentemente para eliminar aquella imagen de su cabeza, pero seguía allí. Cerró fuertemente los ojos durante cinco segundos y cuando los abrió todo había vuelto a la normalidad. Comenzó a respirar ansiosamente e intentó levantarse, pero fue imposible, y con un suspiro de frustración se dejó caer de nuevo en el sillón.
Ya contaban tres semanas desde que Miguel fue dado de baja y su situación no iba a mejor. Cada vez estaba más atrofiado, encorvado e incluso le costaba vocalizar. Su familia comenzaba a desesperarse. Todas las pruebas médicas revelaban una salud de hierro, no había signos de lesión muscular, ni daños articulares, ni enfermedad, todo era normal. Nadie se explicaba lo que sucedía, e incluso se llegaron a plantear la existencia de una nueva enfermedad.
Aquella noche Rebeca y las niñas habían salido, era Viernes, y decidieron ir al cine para distraerse un rato. Les costó mucho tomar esa decisión pero por insistencia de Miguel aceptaron la propuesta. Este se encontraba solo en casa, viendo la televisión y comiendo cacahuetes con ciertas dificultades. De pronto oyó un ruido que provenía de la parte trasera de la casa. Bajó el volumen del televisor y dejó de masticar unos segundos para oír mejor. Pudo escuchar como una voz de hombre decía “tú ve arriba, yo registraré esta planta” y esa segunda persona subió al segundo piso. Miguel entendió de inmediato que se trataba de un robo y comprendió que lo único que podía hacer en su situación era intentar esconderse y guardar silencio. Se levantó con cierto empuje generado por el miedo y andó a duras penas unos pasos. Allí se quedó sin poder moverse, encorvado cara a la televisión. -”No puedo moverme”- pensó, ni siquiera podía hablar. “Joder, este tío se acerca, me va a ver”- decía mentalmente totalmente asustado. El intruso entró en el salón y se sobresaltó al ver la tele encendida, pero tras comprobar que no había nadie siguió con el registro.-”¿Por qué no me ha hecho nada?, ni siquiera me ha mirado, ¿qué pasa?”- se repetía Miguel. Los ladrones acabaron su trabajo y se marcharon. Miguel seguía en el salón, aturdido por lo sucedido, en la misma posición y haciéndose mil preguntas.
Unas horas más tarde la familia volvió a casa y se encontraron con la caótica escena. Todo estaba revuelto, decenas de cosas destrozadas, cristales rotos por el suelo, toda la comida fuera del frigorífico, en fin, el Apocalipsis doméstico. Las niñas chillaban y la madre trataba de calmarlas, hasta que llegó al salón y vio que su esposo no estaba en él. Le llamó, subió a la segunda planta, bajó al sótano, pero Miguel no aparecía.
-”¡Ehhh! ¡estoy aquí cariño!”- gritaba Miguel sin producir ningún sonido -”¡Rebeca, niñas, estoy delante de vosotras!”
Miguel se creía en un sueño. Se encontraba a dos metros de su hija pequeña, gritándole y no le veía. Pensaba que de un momento a otro iba a despertar en su cómoda cama al lado de su esposa, cuando algo le devolvió a la realidad; su hija pequeña se giró hacia él, le miró analizante y dijo:
-Mami, ¿de donde ha salido este sillón?
-¿Qué sillón cariño?- preguntó la madre entrando al salón.
Miguel se echó a reír, aunque no se le oía, -”¿un sillón?”- dijo. La niña fue hacia él y se sentó. Para ella era la acción cotidiana de acomodarse en este tipo de mueble. Para Miguel era la sensación de tener a su hija sobre sus piernas. De pronto comprendió lo sucedido, quizás su nueva forma física ya boicoteaba su mente y le hacía entender. Tal vez de esa manera podría estar cerca de sus hijas y su esposa, aunque fuera para servirles de asiento. Rebeca mientras tanto telefoneaba a la policía para explicarles lo sucedido, miraba extrañada el nuevo sillón y contaba atropelladamente la situación a las autoridades.
Miguel la escuchaba risueño, aunque una pregunta le hizo pensar:
-”¿Cuánta vida tiene un sillón?”
Jesús Molina (admin)
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