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El día que morí

El día que morí no sucedió nada especial. No tuve ninguna sensación extraña, ningún flash predictivo, ni sentí a la muerte cerca, llamándome. Simplemente sufrimos el accidente y unas horas más tarde fallecí en el hospital, junto a mi mujer y mi hija. Ellas estaban bien, supongo que conmocionadas por lo sucedido, pero en aspecto se les veía bien. Yo estaba un tanto desfigurado por los golpes en la cara y lleno de tubos, aunque ya no los necesitaría.
Cuando me elevé por encima de mi cuerpo y de ellas noté, en cierto modo, una especie de plenitud, más que por haber alcanzado algún tipo de Nirvana, era por conocer la respuesta a la pregunta que siempre nos hemos hecho los mortales. Tampoco podía responder con conocimiento más allá de las paredes de la habitación del hospital, pero intuía que era algo no demasiado malo. Lo peor de todo esto no era lo desconocido sino lo que dejaba atrás: mi esposa y mi hija. Ellas eran mi vida y ahora… ni siquiera podía tocarlas, simplemente me limité a observarlas desde mi posición de fantasma, o alma errante, o como se le quiera llamar.
Ahí estaban, tan hermosas y delicadas, no podía creer que jamás las iba a volver a abrazar, al menos como siempre, pero me hice a la idea. La verdad es que no me costó demasiado, supongo que por que mi cabeza estaba más centrada en otro pensamiento. Había leído varios libros de almas en pena y este tipo de cosas, y todos coincidían en algo; el alma descasará cuando acabe el asunto pendiente que tiene en el mundo de los vivos. Pero, ¿qué asunto pendiente tenía yo?. Deduje rápidamente que se trataba del conductor que provocó el accidente, el tipo del mercedes. Le conocía de vista, y podía encontrarle fácilmente. Por lo visto este individuo se dio a la fuga, o eso me pareció oír mientras me trasladaban al hospital. Los sanitarios comentaban que, según lo que algunos testigos habían declarado, el conductor del mercedes invadió el carril contrario y nos hizo caer por el barranco. Esa parte ya la conocía yo, lo que no sabía era que después de esto huyó dejándonos allí tirados. Eso es todo lo que me pareció oír, por que después perdí el sentido y ya no desperté físicamente.
Morir no es tan catastrófico como parecía. Supongo que una vez acabara mi asunto pendiente iría a algún lugar mejor o algo así, pero de momento estaba en aquella habitación observando a mis dos mujeres y en paz. La verdad es que ya no sentía pena por dejarlas, el malestar se desvaneció rápidamente, por lo visto eso son sentimientos de los vivos. Yo no podía sentir pena, tampoco alegría, era como un estado extremadamente objetivo, estaba ahí y veía las cosas tal y como son, sin más.
Miraba a mi mujer, esa larga melena negra y sus preciosos ojos negros, un poco apagados, supongo que de tanto llorar. Mi hija estaba a su lado, con la misma expresión que su madre y ese mechón rubio detrás de la oreja. Era algo curioso, nació con el pelo negro excepto un pequeño mechón color amarillo. El doctor nos dijo que era un caso extraño pero que la niña no presentaba ningún problema, era una mutación genética sin mayor importancia. Conforme a ido creciendo se le ha ido oscureciendo cada vez más, quizás en unos años no se le note, aunque le favorece. Cuando le desaparezca ya no será la misma, seguramente no la llegue a ver.
Seguía observando a mi niña cuando algo me hizo desviar la atención. Por la puerta de la habitación pasaba una risueña anciana lentamente, se paró y me miró, llegué a pensar que realmente miraba a mi mujer y que tenía algún problema en la vista. Esa disfunción que hace que no dirijas los ojos exáctamente hacia lo que miras. Dudé cuando me percaté de que ni mi hija, ni mi mujer hacían nada, como si la anciana no existiera. Entonces la señora levantó una mano y saludó, “Hola” dijo, yo me quedé de piedra. La miré e indiqué con gestos si se refería a mi, ella agitó la cabeza afirmando y se me acercó. Una vez a mi lado me puso una mano en el hombro- no la sentí igual que en vida-, me preguntó como estaba y me comentó que se alegraba de ver a alguien. Me quedé pensativo y sonriente. Le pregunté que a que se refería con ver a alguien. Supuse que se encontraba en mi mismo estado, y así me lo confirmó. Me contó que llevaba mucho rato paseando por la planta y no había encontrado a nadie como nosotros. Ella me contó que éramos almas en pena. “Cuando alguien muere de forma traumática o con un excesivo sufrimiento en todos los sentidos, su alma se queda en el mundo de los vivos, vagando para siempre”, me dijo. Yo no le creí demasiado, era como en todo; siempre hay varias teorías para cualquier asunto.
Le pregunté que como había muerto. La señora era muy mayor y me resultó extraño que no hubiera sido por causa naturales. Me contó que se había caído por las escaleras de su casa y permaneció varias horas en el suelo, con la mitad de los huesos de su cuerpo rotos, e intentando alcanzar el móvil que estaba en una pequeña mesita al pie de la escalinata. Cuando lo consiguió, llamó a su hija y esta a los servicios de emergencia pudiendo atenderla a tiempo. De camino al hospital sufrió un infarto desencadenado por los terribles golpes recibidos en la caída. Una vez en el hospital se durmió y ya no despertó.
La verdad es que si que era una forma traumática de morir, me imaginaba ese cuerpo tan frágil golpeado escalón tras escalón, quebrándose hasta la muerte. Muy doloroso.
Siempre había pensado que si tenía que morir, moriría, pero sin dolor por favor. Suerte que yo no sufrí demasiado, al menos es lo que me parece ahora, no lo recuerdo demasiado bien.
Mis pensamiento fueron interrumpidos por un fuerte agarrón de la anciana, me cogió fuertemente del brazo y me dijo -”creo que me voy”-. Le pregunté por lo que estaba diciendo, pero no llegó a responder, se desvaneció frente a mis ojos. Desapareció, sin más. No sabía donde había ido, ni si yo correría la misma suerte, lo único que entendía es que estaba “viviendo” una experiencia impresionante, aunque nunca podría contársela a nadie.
Tras aquellos sucesos decidí continuar caminando por los pasillos del hospital, por nada en especial, solo quería moverme en mi nuevo estado. Pasé por delante de varias habitaciones, casi todas estaban vacías, lo que era extraño ya que los hospitales no pueden presumir de poca ocupación. Pero bueno… no le di mayor importancia. Seguí caminando hasta el final del pasillo. Había pasado por delante de unas veinte habitaciones y no había visto a ninguna enfermera, auxiliar o médico en toda la planta, lo que era aun más extraño. Seguí mi paseo cuando, al fin, me crucé con un médico. Andaba cabizbajo y con el gesto estático, no parecía estar integrado en la atmósfera que le rodeaba. Supuse que andaría pensando en lo suyo, o simplemente estaba cansado por los largos turnos de trabajo. Continué caminando hasta el lado opuesto del pasillo con la intención de dar media vuelta y volver a mi habitación, pero tuve que detenerme a mirar unos retratos que colgaban de la pared. En uno de ellos aparecía el rostro del doctor con el que me acababa de cruzar, sonriente y con buen porte. La sorpresa llegó cuando leí la inscripción de la placa que colgaba debajo:
” En memoría de Don Javier Ulatre Peria, 1944-2004″
Me quedé conmocionado, si es que pude llegar a sentir esa emoción. Solo duró unos segundos, por que como un ciclón que me arrastraba, noté un empujón que literalmente me levantó del suelo, notaba una presión tremenda por todo el cuerpo que me manejaba a su antojo. El resto de lo que sucedió no lo recuerdo, solo hasta que desperté en mi habitación de hospital, rodeado de tubos y con un terrible dolor de cabeza. A mi lado había un médico y una enfermera, la persiana estaba bajada y la luz de la habitación encendida, nada más.
- ¿Dónde está mi mujer y mi hija?- pregunté con cierta dificultad.
- No se preocupe, solo descanse.
- Yo debería de estar muerto- dije con la voz rota.
- Gracias a Dios no es así, ha estado en coma un par de días, desde que le subieron a la
ambulancia después del accidente- contestó el doctor midiendo cada palabra.
- ¿Dónde está mi mujer y mi hija?- pregunté de nuevo subiendo el tono.
- Lo siento… no pudimos hacer nada, fallecieron en el acto- contestó el doctor olvidándose
de todo protocolo.
- ¡No puede ser, si estaban aquí hace un momento! ¡no puede ser!- repetía contínuamente
mientras la imagen de la anciana y el doctor de gesto estático se me pasaban por la mente una
y otra vez.
No llegaba a comprender que es lo que había pasado, que es lo que había vivido en aquellos momento en los que, según el doctor, había estado en coma. Vi a mi mujer y a mi hija, a la sonriente anciana, al doctor Ulatre y otros tantos en aquel pasillo de hospital. ¿Debo pensar que todos estaban muertos?. No se que fue de la señora que cayó por la escalera, espero que pueda contar la experiencia al igual que lo he hecho yo.
Jesús Molina (admin)