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Un año más tarde

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Cuando Andrés volvió a mirar el reloj, solo faltaban diez minutos para que sonara la sirena puntualmente. Esa era la señal que indicaba a los trabajadores el momento de comenzar la jornada. Se apresuraba para llegar a tiempo, pero no al trabajo sinó al la cita diaria con la máquina expendedora de café. Debía cumplir el ritual, sacarse un café corto con un punto extra de azucar. Lo ideal y necesario en ese estado de adicción inconfesada a la cafeína. Quizás no era algo tan grabe, aunque a veces se planteaba, con carácter poco serio, el acudir a una clínica de desintoxicación para ser tratado de su “problema”. Se imaginaba llegando a la recepción de la clínica y diciéndole a la persona que le atendiera: “Buenos días vengo a ingresar por que tengo un problema con la cafeína”o en esas terapias de grupo diciendo”Me llamo Andrés y soy cafeinómano”. Siempre acababa sonriendo, pensando en la cara que pondrían todos aquellos internos con adicciones realmente peligrosas.

Solo quedaban un par de minutos para escuchar la extraña melodía laboral que sonaba en los megáfonos, y Andrés ya había atravesado la puerta de entrada a la nave industrial. Pero aún le quedaba cruzar el largo pasillo hasta el comedor de empleados. En vista del poco tiempo que le quedaba decidió ir sacando las monedas para que todo resultara más fluido y rápido. La sorpresa llegó cuando pudo contemplar con sus ojos exageradamente abiertos que no tenía suficiente dinero para poder sacarse el ansiado café, así que decidió pedir prestada una moneda a algún compañero que encontrara por el camino. Lo prefería así, nunca le gustó tener que pedir nada a nadie delante de todos los demás en el comedor. No era persona que le gustara tener público y menos para ese tipo de cuestiones, así que llamó a uno de sus compañeros que andaba unos metros delante de él y le pidió una moneda. Tubo que oir como le explicaba que no podía ser, puesto que él no se sacaba nada de las máquinas y no tenía dinero encima. Probó con otro que llegaba detrás de él y recibió una contestación similar. Hizo lo mismo con algún otro sin recibir fruto. Parecía que todo estaba confluyendo con el fin de sabotear ese pequeño momento de placer. Miró el reloj y vio como la hora de entrar a trabajar era ya una realidad. Pero al levantar la vista observó como se acercaba por el pasillo otro compañero, quizás al que menos desearía tener que decirle algo. Se llamaba Froden, era de origen Alemán y de aspecto serio y  temeroso, nunca hablaba con nadie, solo se marchaba a su puesto de trabajo y pasaba la jornada escuchando la radio y trabajando. Solía ir a las zonas comunes cuando estaba seguro de que no había nadie y nunca miraba a los demás, siempre desviaba la mirada parpadeando muy rápido. Era considerado el raro de la empresa.

Pues a pesar de todo eso y en vista de que todo el mundo salía en estampida del comedor a golpe de sirena, decidió probar suerte con Froden, la adicción era más poderosa que cualquier otra cosa. Se acercó a él y le dijo que si no le importaba dejarle una moneda para un café,que se la devolvería lo antes posible. Froden le miró con poca intensidad y agitó la cabeza en una especie de afirmación, sacó su cartera y le dio la ansiada moneda. Andrés la recibió como agua el sediento y le dio las gracias insistentemente:

-¡Gracias Froden! te debo la vida macho- dijo la adicción por boca de Andrés.

-Me lo apunto- contestó Froden sin demasiada energía.

Al fin pudo realizar su pequeño sueño diario. Rápidamente fue hasta la máquina, insertó las monedas e hizo su selección. Café corto con un punto extra de azúcar. Los primeros sorbos fueron placer divino y el resto un amarga combinación de palabras mal sonantes y café excesibamente reposado. Su jefe le fastidió aquel momento con uno de sus alardes de superioridad. Reprendió a Andrés con tal fuerza por haber llegado a su puesto un minuto más tarde que se le hizo malo el café. No paraba de gritarle, diciéndole que era la cuarta vez que llegaba tarde ese més y que no paraba de tener problemas con él. Andrés cada vez se ponía más nervioso, aunque intentaba aguantar las ganas de estamparle el baso en la cara y posteriormente mancharse sus propios nudillos de café. Todo ese aguante se vino abajo cuando el crecido jefe comenzó a darle pequeños golpecitos en el pecho con el dedo indice de la mano derecha mientras repetía “Pues tú…”, “Lo que tienes que hacer tú…”, “A ti te voy a…”. Al cuarto golpecito Andrés realizó su deseo, y el de otros tantos, tiró el resto del café al rostro de su jefe seguido de cerca por un derechazo que impactó en su cara casi al mismo tiempo que el oscuro líquido. El agredido cayó aparatosamente al suelo mientras algunos de los compañeros presentes de Andrés le sugetaban evitando males mayores.

Un año más tarde.

El pitido de la tetera indicaba que el brebaje estaba listo. Andrés se sirvió una generosa taza de té con tres cucharadas de azúcar moreno. No era lo mismo que el café pero hacia las veces de metadona para el toxicómano. Ya hacía casi un año que no tomaba café, y un año que lo echaron de su antiguo trabajo por agresión. Sin indemnización y con el expediente sucio como un convicto. Al menos no le quitaron el subsidio por desempleo, era lo que le sustentaba económicamente por el momento. No se lamentaba de lo que ocurrió, se reconfortaba pensando que hizo física la fantasía de la mayoría de sus compañeros de trabajo, y eso le hacía sonreir.
Después del té solía ver un programa matutino sobre salud en el que varios doctores y tertulianos comentaban los entresijos del cuerpo humano, aumentando el número de hipocondríacos en la sociedad. Aunque esa mañana su rutina se vio interrumpida por el perturbador sonido del timbre de la puerta. A regañadientes se levantó a abrir ya que esperaba un paquete y podría ser el mensajero. Al abrir la puerta no fue al mensajero a quien vio frente a él, sinó a su antiguo compañero de trabajo, el Alemán Froden, con la misma cara y el mismo gesto, aunque un poco más delgado.

-¿Froden?-dijo sorprendido por lo que estaba viendo-¿qué haces aquí?
- Hola Andrés- contestó el Alemán seriamente- vengo a que me des lo que me debes
- ¿Qué?
-He estado un año esperando que saldaras tu deuda.
-¡Aaaah! la moneda… aquel fatídico café- contestó Andrés con un tono amigable.

Se metió la mano en el bolsillo sin poder evitar el ligero nerviosismo de estar delante de un chiflado, según pensaba él. Y sacó una moneda que saldaría la deuda. Se la ofreció a Froden sonriendo y este la cogió sin sonreir.

-Muy bien, pues ya está, perdona por haber tardado tanto es que…
-No está todo- interrumpió Froden- me debes algo más.
-¿Cómo?, no… eh… solo te debía una moneda

Froden introdujo la mano en su abrigo y sacó un afilado machete de caza tipo remate de 24 centímetros de hoja que reflejaba el sol como un espejo. Levantó la mirada clavándola en los ojos de Andrés y mientras saltaba sobre él le dijo:

-¡Me debes la vida!

Jesús Molina(Admin)

El día que morí

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El día que morí no sucedió nada especial. No tuve ninguna sensación extraña, ningún flash predictivo, ni sentí a la muerte cerca, llamándome. Simplemente sufrimos el accidente y unas horas más tarde fallecí en el hospital, junto a mi mujer y mi hija. Ellas estaban bien, supongo que conmocionadas por lo sucedido, pero en aspecto se les veía bien. Yo estaba un tanto desfigurado por los golpes en la cara y lleno de tubos, aunque ya no los necesitaría.
Cuando me elevé por encima de mi cuerpo y de ellas noté, en cierto modo, una especie de plenitud, más que por haber alcanzado algún tipo de Nirvana, era por conocer la respuesta a la pregunta que siempre nos hemos hecho los mortales. Tampoco podía responder con conocimiento más allá de las paredes de la habitación del hospital, pero intuía que era algo no demasiado malo. Lo peor de todo esto no era lo desconocido sino lo que dejaba atrás: mi esposa y mi hija. Ellas eran mi vida y ahora… ni siquiera podía tocarlas, simplemente me limité a observarlas desde mi posición de fantasma, o alma errante, o como se le quiera llamar.
Ahí estaban, tan hermosas y delicadas, no podía creer que jamás las iba a volver a abrazar, al menos como siempre, pero me hice a la idea. La verdad es que no me costó demasiado, supongo que por que mi cabeza estaba más centrada en otro pensamiento. Había leído varios libros de almas en pena y este tipo de cosas, y todos coincidían en algo; el alma descasará cuando acabe el asunto pendiente que tiene en el mundo de los vivos. Pero, ¿qué asunto pendiente tenía yo?. Deduje rápidamente que se trataba del conductor que provocó el accidente, el tipo del mercedes. Le conocía de vista, y podía encontrarle fácilmente. Por lo visto este individuo se dio a la fuga, o eso me pareció oír mientras me trasladaban al hospital. Los sanitarios comentaban que, según lo que algunos testigos habían declarado, el conductor del mercedes invadió el carril contrario y nos hizo caer por el barranco. Esa parte ya la conocía yo, lo que no sabía era que después de esto huyó dejándonos allí tirados. Eso es todo lo que me pareció oír, por que después perdí el sentido y ya no desperté físicamente.

Morir no es tan catastrófico como parecía. Supongo que una vez acabara mi asunto pendiente iría a algún lugar mejor o algo así, pero de momento estaba en aquella habitación observando a mis dos mujeres y en paz. La verdad es que ya no sentía pena por dejarlas, el malestar se desvaneció rápidamente, por lo visto eso son sentimientos de los vivos. Yo no podía sentir pena, tampoco alegría, era como un estado extremadamente objetivo, estaba ahí y veía las cosas tal y como son, sin más.
Miraba a mi mujer, esa larga melena negra y sus preciosos ojos negros, un poco apagados, supongo que de tanto llorar. Mi hija estaba a su lado, con la misma expresión que su madre y ese mechón rubio detrás de la oreja. Era algo curioso, nació con el pelo negro excepto un pequeño mechón color amarillo. El doctor nos dijo que era un caso extraño pero que la niña no presentaba ningún problema, era una mutación genética sin mayor importancia. Conforme a ido creciendo se le ha ido oscureciendo cada vez más, quizás en unos años no se le note, aunque le favorece. Cuando le desaparezca ya no será la misma, seguramente no la llegue a ver.
Seguía observando a mi niña cuando algo me hizo desviar la atención. Por la puerta de la habitación pasaba una risueña anciana lentamente, se paró y me miró, llegué a pensar que realmente miraba a mi mujer y que tenía algún problema en la vista. Esa disfunción que hace que no dirijas los ojos exáctamente hacia lo que miras. Dudé cuando me percaté de que ni mi hija, ni mi mujer hacían nada, como si la anciana no existiera. Entonces la señora levantó una mano y saludó, “Hola” dijo, yo me quedé de piedra. La miré e indiqué con gestos si se refería a mi, ella agitó la cabeza afirmando y se me acercó. Una vez a mi lado me puso una mano en el hombro- no la sentí igual que en vida-, me preguntó como estaba y me comentó que se alegraba de ver a alguien. Me quedé pensativo y sonriente. Le pregunté que a que se refería con ver a alguien. Supuse que se encontraba en mi mismo estado, y así me lo confirmó. Me contó que llevaba mucho rato paseando por la planta y no había encontrado a nadie como nosotros. Ella me contó que éramos almas en pena. “Cuando alguien muere de forma traumática o con un excesivo sufrimiento en todos los sentidos, su alma se queda en el mundo de los vivos, vagando para siempre”, me dijo. Yo no le creí demasiado, era como en todo; siempre hay varias teorías para cualquier asunto.
Le pregunté que como había muerto. La señora era muy mayor y me resultó extraño que no hubiera sido por causa naturales. Me contó que se había caído por las escaleras de su casa y permaneció varias horas en el suelo, con la mitad de los huesos de su cuerpo rotos, e intentando alcanzar el móvil que estaba en una pequeña mesita al pie de la escalinata. Cuando lo consiguió, llamó a su hija y esta a los servicios de emergencia pudiendo atenderla a tiempo. De camino al hospital sufrió un infarto desencadenado por los terribles golpes recibidos en la caída. Una vez en el hospital se durmió y ya no despertó.
La verdad es que si que era una forma traumática de morir, me imaginaba ese cuerpo tan frágil golpeado escalón tras escalón, quebrándose hasta la muerte. Muy doloroso.
Siempre había pensado que si tenía que morir, moriría, pero sin dolor por favor. Suerte que yo no sufrí demasiado, al menos es lo que me parece ahora, no lo recuerdo demasiado bien.

Mis pensamiento fueron interrumpidos por un fuerte agarrón de la anciana, me cogió fuertemente del brazo y me dijo -”creo que me voy”-. Le pregunté por lo que estaba diciendo, pero no llegó a responder, se desvaneció frente a mis ojos. Desapareció, sin más. No sabía donde había ido, ni si yo correría la misma suerte, lo único que entendía es que estaba “viviendo” una experiencia impresionante, aunque nunca podría contársela a nadie.
Tras aquellos sucesos decidí continuar caminando por los pasillos del hospital, por nada en especial, solo quería moverme en mi nuevo estado. Pasé por delante de varias habitaciones, casi todas estaban vacías, lo que era extraño ya que los hospitales no pueden presumir de poca ocupación. Pero bueno… no le di mayor importancia. Seguí caminando hasta el final del pasillo. Había pasado por delante de unas veinte habitaciones y no había visto a ninguna enfermera, auxiliar o médico en toda la planta, lo que era aun más extraño. Seguí mi paseo cuando, al fin, me crucé con un médico. Andaba cabizbajo y con el gesto estático, no parecía estar integrado en la atmósfera que le rodeaba. Supuse que andaría pensando en lo suyo, o simplemente estaba cansado por los largos turnos de trabajo. Continué caminando hasta el lado opuesto del pasillo con la intención de dar media vuelta y volver a mi habitación, pero tuve que detenerme a mirar unos retratos que colgaban de la pared. En uno de ellos aparecía el rostro del doctor con el que me acababa de cruzar, sonriente y con buen porte. La sorpresa llegó cuando leí la inscripción de la placa que colgaba debajo:

” En memoría de Don Javier Ulatre Peria, 1944-2004″

Me quedé conmocionado, si es que pude llegar a sentir esa emoción. Solo duró unos segundos, por que como un ciclón que me arrastraba, noté un empujón que literalmente me levantó del suelo, notaba una presión tremenda por todo el cuerpo que me manejaba a su antojo. El resto de lo que sucedió no lo recuerdo, solo hasta que desperté en mi habitación de hospital, rodeado de tubos y con un terrible dolor de cabeza. A mi lado había un médico y una enfermera, la persiana estaba bajada y la luz de la habitación encendida, nada más.

- ¿Dónde está mi mujer y mi hija?- pregunté con cierta dificultad.
- No se preocupe, solo descanse.
- Yo debería de estar muerto- dije con la voz rota.
- Gracias a Dios no es así, ha estado en coma un par de días, desde que le subieron a la
ambulancia después del accidente- contestó el doctor midiendo cada palabra.
- ¿Dónde está mi mujer y mi hija?- pregunté de nuevo subiendo el tono.
- Lo siento… no pudimos hacer nada, fallecieron en el acto- contestó el doctor olvidándose
de todo protocolo.
- ¡No puede ser, si estaban aquí hace un momento! ¡no puede ser!- repetía contínuamente
mientras la imagen de la anciana y el doctor de gesto estático se me pasaban por la mente una
y otra vez.

No llegaba a comprender que es lo que había pasado, que es lo que había vivido en aquellos momento en los que, según el doctor, había estado en coma. Vi a mi mujer y a mi hija, a la sonriente anciana, al doctor Ulatre y otros tantos en aquel pasillo de hospital. ¿Debo pensar que todos estaban muertos?. No se que fue de la señora que cayó por la escalera, espero que pueda contar la experiencia al igual que lo he hecho yo.

           Jesús Molina (admin)

La metamorfosis de Miguel

  Sin saber como, Miguel había logrado posicionarse en un buen lugar dentro de la empresa en la que trabajaba. Cobraba un buen sueldo. Vivía en una casa que rozaba el lujo, conducía un coche de gama alta y disfrutaba de una mujer y dos hijas que le adoraban. Por si esto fuera poco, gozaba de buena salud y buena reputación entre sus conocidos.

    -¡Buenos días!- exclamó Rebeca, la esposa de Miguel, mientras preparaba un par de tazas de café.

    -Buenos días- contestó Miguel.

    -¿Vas a salir con la bici?

    -Si, pero poco rato. Estoy un poco cansado- explicó Miguel cogiendo la taza que le ofrecía su mujer- Gracias.

    -Muy bien. Yo iré al súper a hacer algo de compra.

    -Supongo que cuando vuelvas ya estaré aquí.

    -Perfecto, así me ayudas a hacer la comida-comentó Rebeca con el gesto risueño.

    -Claro.

  Después de comer, terminar el postre y la corta sobremesa, Miguel se levantó de la mesa y anunció que se iba a la cama un rato. Rebeca le miró extrañada ya que nunca hacía la siesta, ni siquiera en fin de semana, como era el caso. Sus hijas no le dieron mayor importancia, siguieron con lo suyo que era discutir sobre algún tema tribial.

    -¿Te encuentras bien?- preguntó Rebeca con cara de atención.

    -Si, si, solo estoy cansado.

  El despertador sonó insistentemente a las siete y media de la mañana, era hora de levantarse. Comenzaba la semana y el cielo amenazaba con descargar litros de agua sobre la ciudad. Miguel se incorporaba lento y pesado, con pequeños gemidos y crujidos articulares. Normalmente no le costaba demasiado realizar aquella acción, pero desde hacía unos días se había convertido en su pequeña odisea diaria.

  Después de desayunar, sin dirigir una palabra a su mujer, acudió al trabajo con cierta actitud de resignación. No sabía porque pero estaba bajo de energía y motivación, y lo peor de todo es que así lo aceptaba. Se miraba así mismo y recordaba a aquel hombre deportista, emprendedor y pasional que fue. Pero eso solo era un recuerdo, la realidad es que cada vez tenía menos ganas de hacer deporte, la pasividad era su filosofía y no existía quien le hiciese levantar de su sillón para ir a alguna parte en busca de experiencias y diversión. Quizás era por la comodidad del hogar y la familia, por la edad, por la tranquilidad y relajación que nos da la seguridad o por simple pereza, pero la realidad es que se estaba convirtiendo en uno más.

  Una semana más tarde el dolor de espalda que le azotaba desde hacía unos días se agudizaba en extremo. Miguel había acudido a la consulta médica, donde recibió la incapacidad temporal por pinzamiento lumbar. A eso debía añadir la contractura cervical que sufría desde el día anterior y el atrofiamiento que sentía en las piernas. El doctor le recomendó una serie de suaves ejercicios para recuperar la motricidad normal, pero él prefería no correr riesgos y descansar todo lo posible.

  Días más tarde la situación se tornaba más complicada, le costaba horrores levantarse y mucho más andar. Rebeca le animaba a seguir los consejos del médico, ya que la mayor parte de su dolencia era psicológica. La atrofia no era debida a ninguna enfermedad ni lesión grave, pero Miguel solo sabía responder con evasivas y expresiones mal sonantes.

  A los pocos días no podía prácticamente levantarse del sillón, e incluso creía ver visiones cuando mirándose la mano derecha, observó como si la textura de su piel cambiara a algo más artificial, y como si afloraran unas pequeñas manchas de colores a lo largo de sus dedos. Parpadeó insistentemente para eliminar aquella imagen de su cabeza, pero seguía allí. Cerró fuertemente los ojos durante cinco segundos y cuando los abrió todo había vuelto a la normalidad. Comenzó a respirar ansiosamente e intentó levantarse, pero fue imposible, y con un suspiro de frustración se dejó caer de nuevo en el sillón.

  Ya contaban tres semanas desde que Miguel fue dado de baja y su situación no iba a mejor. Cada vez estaba más atrofiado, encorvado e incluso le costaba vocalizar. Su familia comenzaba a desesperarse. Todas las pruebas médicas revelaban una salud de hierro, no había signos de lesión muscular, ni daños articulares, ni enfermedad, todo era normal. Nadie se explicaba lo que sucedía, e incluso se llegaron a plantear la existencia de una nueva enfermedad.

  Aquella noche Rebeca y las niñas habían salido, era Viernes, y decidieron ir al cine para distraerse un rato. Les costó mucho tomar esa decisión pero por insistencia de Miguel aceptaron la propuesta. Este se encontraba solo en casa, viendo la televisión y comiendo cacahuetes con ciertas dificultades. De pronto oyó un ruido que provenía de la parte trasera de la casa. Bajó el volumen del televisor y dejó de masticar unos segundos para oír mejor. Pudo escuchar como una voz de hombre decía “tú ve arriba, yo registraré esta planta” y esa segunda persona subió al segundo piso. Miguel entendió de inmediato que se trataba de un robo y comprendió que lo único que podía hacer en su situación era intentar esconderse y guardar silencio. Se levantó con cierto empuje generado por el miedo y andó a duras penas unos pasos. Allí se quedó sin poder moverse, encorvado cara a la televisión. -”No puedo moverme”- pensó, ni siquiera podía hablar. “Joder, este tío se acerca, me va a ver”- decía mentalmente totalmente asustado. El intruso entró en el salón y se sobresaltó al ver la tele encendida, pero tras comprobar que no había nadie siguió con el registro.-”¿Por qué no me ha hecho nada?, ni siquiera me ha mirado, ¿qué pasa?”- se repetía Miguel. Los ladrones acabaron su trabajo y se marcharon. Miguel seguía en el salón, aturdido por lo sucedido, en la misma posición y haciéndose mil preguntas.

  Unas horas más tarde la familia volvió a casa y se encontraron con la caótica escena. Todo estaba revuelto, decenas de cosas destrozadas, cristales rotos por el suelo, toda la comida fuera del frigorífico, en fin, el Apocalipsis doméstico. Las niñas chillaban y la madre trataba de calmarlas, hasta que llegó al salón y vio que su esposo no estaba en él. Le llamó, subió a la segunda planta, bajó al sótano, pero Miguel no aparecía.

    -”¡Ehhh! ¡estoy aquí cariño!”- gritaba Miguel sin producir ningún sonido -”¡Rebeca, niñas, estoy delante de vosotras!”

  Miguel se creía en un sueño. Se encontraba a dos metros de su hija pequeña, gritándole y no le veía. Pensaba que de un momento a otro iba a despertar en su cómoda cama al lado de su esposa, cuando algo le devolvió a la realidad; su hija pequeña se giró hacia él, le miró analizante y dijo:

    -Mami, ¿de donde ha salido este sillón?

    -¿Qué sillón cariño?- preguntó la madre entrando al salón.

  Miguel se echó a reír, aunque no se le oía, -”¿un sillón?”- dijo. La niña fue hacia él y se sentó. Para ella era la acción cotidiana de acomodarse en este tipo de mueble. Para Miguel era la sensación de tener a su hija sobre sus piernas. De pronto comprendió lo sucedido, quizás su nueva forma física ya boicoteaba su mente y le hacía entender. Tal vez de esa manera podría estar cerca de sus hijas y su esposa, aunque fuera para servirles de asiento. Rebeca mientras tanto telefoneaba a la policía para explicarles lo sucedido, miraba extrañada el nuevo sillón y contaba atropelladamente la situación a las autoridades.

  Miguel la escuchaba risueño, aunque una pregunta le hizo pensar:

    -”¿Cuánta vida tiene un sillón?”

                                

                                        Jesús Molina (admin)

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